RD, Santo Domingo. La reciente visita de una madre con sus hijas a la cárcel de la Victoria, para ver a un delincuente condenado, bajo el pretexto de ser "fans" del mismo, ha vuelto a poner sobre la mesa la crítica situación de los valores en la sociedad dominicana y a nivel global. Este incidente refleja una preocupante tendencia donde la admiración y la atención se desvían de figuras ejemplares hacia individuos con historial delictivo.
El protagonista de esta historia, Alison de Jesús Pérez
Mejía, conocido como Chiquito, se ha convertido en objeto de atención de
numerosas usuarias de las redes sociales, desencadenando incluso rivalidades
entre ellas por su supuesta atracción hacia el apresado. Este fenómeno pone de
manifiesto la confusión de valores y la banalización de la delincuencia en la
era digital.
El traslado de "Chiquito" de la cárcel La Victoria
a Najayo por razones de seguridad no hace más que subrayar la seriedad del
problema. Las autoridades penitenciarias han negado las supuestas visitas de
jóvenes al recluso, desmintiendo los rumores sobre su supuesta popularidad
entre las admiradoras. Sin embargo, este tipo de negaciones solo rascan la
superficie de un fenómeno más profundo: la glamurización de la criminalidad.
El caso Joshua Omar Fernández, en el cual Chiquito fue
condenado por homicidio agravado, es solo un ejemplo de la violencia
desenfrenada que aqueja a la sociedad dominicana. La sentencia impuesta a
Chiquito, así como a sus cómplices, refleja la gravedad de sus crímenes y la
necesidad de una respuesta contundente por parte del sistema judicial.
TRASLADAN A CHIQUITO DE CARCEL POR LAS FANATICAS / SEÑORA LLEVA SUS HIJAS A VISITARLO
Los traslados rutinarios de reclusos como Chiquito pueden
ser interpretados como una medida necesaria en un sistema penitenciario que
busca mantener el orden y la seguridad. Sin embargo, detrás de estos
movimientos se esconde una realidad más sombría: la sociedad está fallando en
educar y proteger a sus ciudadanos, especialmente a los jóvenes, de caer en la
fascinación por la violencia y el crimen.
En última instancia, este caso nos lleva a reflexionar sobre
el estado actual de nuestra sociedad y los valores que la sustentan. ¿Qué
mensaje estamos enviando a las generaciones futuras cuando la figura de un
criminal se convierte en objeto de admiración y deseo? La respuesta a esta
pregunta requiere una profunda introspección y un compromiso colectivo para construir
una sociedad más justa y segura para todos.
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